miércoles 7 de abril de 2010

Un mundo infeliz

El término orwelliano se aplica a las sociedades que reproducen actitudes totalitarias y represoras como las ilustradas en la novela 1984. Se debe al seudónimo de su autor, George Orwell. Éste es uno de los pocos casos en que se ha tomado el nombre de un escritor para crear un adjetivo: hay escenas dantescas, situaciones kafkianas y acciones homéricas. Qué duda cabe que si Orwell figura en ese selecto y privilegiado club literario se debe a que su obra es una de las más influyentes del siglo XX.

Escritor y periodista británico de origen indio, el nombre verdadero del autor de 1984 es Eric Arthur Blair (Motihari, 1903-Londres, 1950). Con profundas inquietudes sociales, su obra está influenciada por sus experiencias personales como activista y sus posiciones morales y políticas. Si bien no pertenece a partido alguno, reconoce ser un hombre de izquierdas. En cuanto a la temática, suele tratar la lucha del hombre contra las reglas sociales establecidas por el poder político. En este sentido, sus escritos se enmarcan en el género fantástico de carácter político.

Entre los trabajos de Orwell destacan Los días birmanos (1934), fruto de su vivencia como policía colonial en Birmania entre 1922 y 1928, gracias a la cual siente odio hacía el Imperio Británico; Sin blanca en París y Londres (1933), donde vive durante un tiempo de manera precaria; Homenaje a Cataluña (1938), una crítica al estalinismo basada en su aventura como miliciano republicano en la Guerra Civil española; Rebelión en la granja (1945), una parodia del socialismo soviético, y 1984 (1949), una visión futurista de una sociedad prisionera del totalitarismo. Paralelamente, colabora en diferentes medios de comunicación, como en los diarios Tribune y Observer o en la BBC.

CULTIVADO Y CRÍTICO

George Orwell escribe y publica su última y más célebre novela poco antes de morir a causa de la tuberculosis, a la edad de 46 años. En 1984, el escritor británico da vida a Winston Smith: un cuarentón divorciado y sin hijos, residente en Londres, la principal ciudad de la Franja Aérea 1, la tercera provincia más poblada de Oceanía. En este país, antes denominado Inglaterra o Bretaña, gobierna el Partido Interior, que ha establecido como sistema político una dictadura totalitaria, a cuyo líder llaman Gran Hermano.

El protagonista de 1984 es delgado y de estatura pequeña; tiene el cabello rubio, la cara colorada y la piel endurecida, además de una úlcera de varices por encima del tobillo derecho. Vive solo en un apartamento de las Casas de la Victoria, en el séptimo piso. Smith trabaja en el Ministerio de la Verdad como censor informativo; se dedica a manipular noticias antes y después de su publicación para ajustar la historia a los intereses del gobierno. Fuma y bebe ginebra. Mantiene, en secreto, una relación amorosa con Julia, una joven del Departamento de Novela que escribe libros pornográficos.

Aun en silencio, Winston odia y rechaza todo lo relacionado con el poder político del país: piensa que todo es un fraude, porque todavía conserva, a diferencia de la mayoría de gente, la capacidad de pensar por sí mismo. Estos sentimientos contrarios al régimen le impulsan a unirse a una organización clandestina opositora al régimen, denominada la Hermandad. Pese a resistirse con todas sus fuerzas, Winston acaba siendo arrastrado por el sistema, que devora todos sus principios.

Este personaje representa a esa clase social que, aun sumisa en apariencia, se resiste a los dictadores, por tener una mente abierta, cultivada y crítica. Esas personas, al ser una minoría, no se rebelan contra el sistema de manera explícita; saben que solos no lograrán derrocarlo, pero sí lo cuestionan y lo traicionan. Winston es de esos que luchan con esperanza porque saben que un mundo mejor es posible; de los que se mantienen firmes a sus principios y arriesgan la vida por su conciencia social y en un intento de ser felices. Un ejemplo real es la Nobel de la Paz birmana Aung San Suu Kyi. Por otro lado, Smith es el reflejo de lo que la tiranía política hace con los ciudadanos: les quita todo hasta vaciarlos y esclavizarlos para perpetuar su poder.

NO PERSONA

Las frases más determinantes de la novela, que explican las ideas anteriores, se encuentran en la página 287. Se las dice un líder del Partido (O´Brian) a Smith en una sesión de tortura, cuando este último es detenido: “Te aplastaremos hasta tal punto que no podrás recobrar tu antigua forma. Te sucederán cosas de las que no te recobrarás aunque vivas mil años. Nunca podrás experimentar de nuevo un sentimiento humano. Todo habrá muerto en tu interior. Nunca serás capaz de amar, de amistad, de disfrutar de la vida, de reírte, de sentir curiosidad por algo, detener valor, de ser un hombre íntegro. Estarás hueco. Te vaciaremos y te rellenaremos de… nosotros”.

El Partido castiga a todos los traidores, pero no los mata de manera inminente. Los detenidos son sometidos a torturas tanto físicas como psicológicas, cuyo propósito último no es su confesión, sino su transformación: que adoren al Gran Hermano antes de morir. Lo que viene a decir O´Brian es que en caso de que Winston se salve, algo improbable porque nadie lo ha conseguido hasta ese momento, no volverá a ser ni siquiera una persona, sino un muñeco al servicio del Estado.

La manipulación a la que son sometidos los ciudadanos de Oceanía se refleja, además, en frases como: “El que controla el pasado, controla también el futuro. El que controla el presente, controla el pasado” (46), “Dos más dos son cinco” (310), “La libertad es la esclavitud”, “La ignorancia es la fuerza” y “La guerra es la paz” (12). Otras ideas destacadas: “La neolengua es el único idioma del mundo cuyo vocabularios disminuye cada día”, “La finalidad de la neolengua es limitar el alcance del pensamiento, estrechar el radio de acción de la mente” (66) o “La mayor de las herejías era el sentido común” (97).

SIN LÍMITES

George Orwell escribe en 1949 una obra en la que reflexiona sobre el poder político ilimitado. La novela nace en un momento en que el totalitarismo soviético amenaza a una Europa debilitada por los conflictos bélicos de la primera mitad del siglo XX, derivados del monstruo del nacionalismo. Pese a su carácter fantástico, se trata de un buen manual político, en el que se aprecian las características de las dictaduras.

En 1984 (año en que transcurre la historia), el autor presenta un mundo controlado por tres grandes superestados: Oceanía (unión entre el Imperio Británico y Estados Unidos), Eurasia (Europa y Rusia) y Asia Oriental. La guerra entre ellos es continua. La acción se desarrolla en el primer país, pero se sobrentiende que la vida resulta más o menos similar en todos ellos.

La sociedad tiene una estructura piramidal. El gobierno controla todos los aspectos del individuo, hasta su intimidad (incluso sexual y emocional) y su pensamiento; se trata de un régimen que las personas deben adorar de manera casi enfermiza para seguir vivas. El sistema político establecido a la fuerza después de una revolución es una dictadura totalitaria, caracterizada por el control ilimitado del poder por parte de un grupo minoritario: el Partido Interior (sistema de partido único), cuyo líder es el Gran Hermano, a quien nadie conoce, pero todos tratan como si fuera un dios. La Hermandad es una organización clandestina opositora al régimen. Las acciones de poder son ilimitadas por la falta de leyes. La estructura política, económica y social que presenta esta sociedad es propia del comunismo; se basa en la ideología denominada INGSOC, cuyas consignas son: “La guerra es la paz”, “La libertad es la esclavitud” y “La ignorancia es la fuerza”.

Los gobernantes de Oceanía, como la mayoría de dictadores, pretenden controlar el mundo y dominar al ser humano. En este sentido, se sirven de métodos despóticos de poder: intimidan y amedrentan a la gente con telepantallas en lugares públicos y privados; micrófonos escondidos y propaganda (con el cartel con el ojo y el lema: “El Gran Hermano te vigila”, repartido por todas partes). Además, eliminan las libertades civiles (hasta la del pensamiento), alteran la historia para adecuarla a sus intereses y borrar todo lo anterior al Gran Hermano e inventan una moneda y un idioma propios, suprimiendo los anteriores (literatura incluida). Lo deshumanizan todo, hasta el placer y el erotismo: la práctica sexual sólo debe tener la finalidad de engendrar hijos en beneficio del Partido. La desobediencia está castigada con trabajos forzados en un campo de concentración o con una condena a muerte: por ejecución pública o vaporización (la gente desaparece y se borra toda referencia a su vida, como si no hubiera existido nunca).

Los ciudadanos pasan la mayor parte del tiempo trabajando. El Estado controla su tiempo de ocio y descanso. Les obliga a hacer deporte (sacudidas físicas) por las mañanas con ayuda de la telepantalla y realizar actividades de ocio “voluntarias” en el Centro Comunal. Parte de la población está empobrecida. Se les alecciona a diario con los “Dos Minutos de Odio”, un programa audiovisual de carácter propagandístico en el que se muestra al gran traidor de la patria, Emmanuel Goldstein, para que la gente proyecte en él el odio reprimido. Los productos que consumen llevan la coletilla “De la Victoria”, en alusión a la revolución que acabó con el sistema capitalista anterior, represor a juicio del Partido Interior, cuyos líderes son tratados como salvadores por ello: Plaza de la Victoria; Ginebra de la Victoria; Café de la Victoria; Casas de la Victoria, Cigarrillos de la Victoria…

DELATORES

Uno de los aspectos más terroríficos de la sociedad creada por Orwell, a través del cual consigue transmitir al lector una imagen nítida de lo que representa una vida basada en la represión y el miedo, es el adiestramiento que sufren los niños y las niñas desde que nacen: se les enseña a espiar y denunciar las desviaciones de sus padres. Es un recurso por medio del cual todos se hallan rodeados de noche y de día por delatores que les conocen íntimamente. En este sentido, se les adoctrina tan bien que disfrutan en las ejecuciones públicas y no dudan a la hora de hacer daño a alguien que hace, a su juicio, algo inapropiado: por ejemplo, causar graves quemaduras a una anciana por envolver unas salchichas en el cartel con el retrato del Gran Hermano.

Lo único que parece no ajustarse del todo al ambiente claustrofóbico, tenso y de desconfianza que mantiene la novela casi en su totalidad es el inicio de la relación entre Winston y Julia, bastante idílico. No encaja porque él no desconfía de ella a pesar de que le caía mal antes de conocerla bien. Puede que el autor pretenda reforzar la idea de que las apariencias engañan, pues la joven no traiciona al protagonista, a pesar de la mala imagen que tiene de ella al principio, mientras que el señor Charrington y O´Brian, de quienes se fía por su forma de comportarse, le engañan.

En términos generales, la novela está a la altura de las expectativas del lector. El pesimismo que la envuelve de principio a fin advierte su trágico desenlace, que hace justicia al resto del libro: se presenta un mundo infeliz, sin esperanza. Por lo tanto, no cabe salvación posible para los protagonistas.