lunes 20 de abril de 2009

La hora

Entró en el dormitorio, cerró la puerta de un golpe y echó el cerrojo. Observó la habitación unos segundos, mirando cada rincón, persiguiendo el olor que desprende la vida casi extinguida. Se dirigió a la cama, deshecha, y tocó las mantas, ahuecadas, todavía calientes. Se agachó, miró debajo. Nada, salvo polvo. Una vez en pie, se encaminó hacia la palangana abandonada a un lado del camastro y acarició el agua sucia del interior. Miró el suelo y encontró restos de sangre que acababan en el armario. Sonrió. Ya se sentía ganadora.
El viejo la oyó avanzar despacio hacia su escondrijo. El miedo se intensificó. Se acurrucó sobre sí mismo y cerró los ojos, cubriéndose la cara con las manos. Mantuvo la respiración… Tanto, que se ahogó.